jueves, 21 de marzo de 2019

Un problema de carne y hueso




Tenía 18 años, una educación meticulosa y una grave afección cardíaca. Tenía, sobre todo, un asombro puro, casi infantil, por la vida. Y la reflexionaba, dejaba que ocurriera, y después la llevaba, veta a veta, línea a línea, a su diario. 
Juan Manuel Silvela Sangro (Madrid, 1932 – París, 1965) estudiaba mucho, leía intensamente a Rilke y a Proust, escuchaba a Béla Bartók, paseaba por un Madrid majestuoso y soñaba con una pianista bretona que había visto una sola vez, en París, y de la que sólo sabía tres cosas: que se llamaba Françoise Le Godinec, que no había leído a Kafka y que trabajaba mucho: 







«Señor: te ofrezco estas lágrimas, este calor en mi cuarto, esta insatisfacción de trasnochador cansado, este recuerdo de Françoise de Legodinec (sic), la pequeña pianista que he conocido un día hace mucho tiempo…».

Manolo Silvela vivía, y regresaba una y otra vez a las páginas de su cuaderno para fijar en ellas las delicadas impresiones que recogía del mundo. De 1949 a 1958 fue tejiendo este 'Diario de una vida breve' que Pre-Textos rescató en 2015 en una nueva edición en la que se recoge, y esto es importante, una selección de sus escritos. Para leer al Silvela completo, para internarse totalmente en sus vivencias, en su mundo de refinamiento y cultura, en su mente lúcida y en su bellísima poética, habría que acudir a la primera edición que Prensa Española publicó en 1967 tras su muerte por impulso de Piluca Sangro, mecenas, promotora cultural, nombre fundamental de la sociedad intelectual madrileña de la época, y madre de Juan Manuel. Lamentablemente se trata de un libro descatalogado, por lo que el trabajo de Pre-Textos es fundamental. 

En esta nueva edición se incluye (como epílogo) el imponente prólogo que Julián Marías ya le dedicó en aquella primera de 1967 y en el que afirma que «La vida de Manolo Silvela tiene una veracidad sorprendente». No fue el único intelectual de la época en subrayar con entusiasmo la importancia del diario. En la reseña que Guillermo Díaz-Plaja le dedica en ABC (06/07/1967) podemos leer: «Este libro es una fiesta. Lo compuso un alma joven y despierta, alertada, vivacísima. (…) Lo cultural es como una gozosa costumbre en el redactor de este “diario”. Un índice onomástico de este libro nos pasmaría (…)». Y Federico Sopeña le dedica, íntegro, el último capítulo de su ensayo ‘Música y Literatura’: «Musicalmente, este diario es, sin más, sensacional». 

Silvela estudió leyes y contempló la carrera de diplomático pero su verdadera vocación fue la cultura. «Una ambición que se va perfilando en esta época de mi vida: la de ser todo un intelectual», asegura en una de las entradas de su libro. Y a ello se consagra, amparado por el culto y privilegiado ambiente familiar que le rodea —en el domicilio de Piluca Sangro se celebraban, continuamente, tertulias en las que era habitual encontrar intelectuales como el propio Marías, u Ortega, amigo de la familia y vecino de la misma calle—. 

Libros, música, estudios, tertulias, museos, conferencias, y también chicas, porque la edad es la edad. Y los amigos, como Gerardo Rueda, junto al que, en el verano de sus 23 años, recorre la costa de Normandía siguiendo las huellas de Proust en un tiempo en el que Gerardo todavía no se ha convertido en uno de los mayores referentes del arte abstracto español de la segunda mitad del siglo XX, cosa que ocurriría poco después. Y los escenarios de su vida, no demasiado numerosos, que enmarcan sus actividades cotidianas de muchacho joven que todavía no ha emprendido el vuelo de la propia autonomía: la casa familiar de Benavente, que le devuelve aquel filtro color de galleta de su infancia; los pisos de Núñez de Balboa y Monte Esquinza, domicilios familiares en los que se reparte el matrimonio sin divorcio legal pero ya extinto de sus padres; y Fuente Pizarro, en la sierra de Madrid, tierra de silencio, jaras e inmensos cielos azules, donde se retiraba largas temporadas a causa de su quebradiza salud. También París, las clases de la universidad; y el Parque del Retiro, un banco en el que leer a solas, deslumbrado por el color esmeralda de la tarde. 

Se muere, al final. Se muere prontísimo —a los 32 años— dejando tan solo estos diarios y sus ‘Cartas a Anna’, una chica italiana de la que se enamora los últimos años de su vida. Y es este prematuro desenlace, que conocemos como lectores, lo que tamiza bajo una suave melancolía todas sus reflexiones, gozos y perspectivas, como un sueño muy vivo que no llega nunca a materializarse. Puede que, con esa sensibilidad propia de los grandes hombres, él mismo intuyera que su vida era pura promesa, y por eso pusiera tanto empeño en dejar impreso y para siempre lo mejor de sí mismo, antes de irse: 


6 de diciembre de 1954:
«Mi vida: pasar de un mundo a otro. De Núñez de Balboa a Monte Esquinza. De la Universidad al Instituto Británico. Movimiento pendular. De una opinión a otra, de una vocación a otra, de la poesía a la ciencia, de la ciencia al arte. Soy un problema de carne y hueso. Mi vida: esta cosa que se me escapa de las manos». 

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