jueves, 21 de febrero de 2019

Sobre aquel joven poeta




«Ser artista es: no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega»

A principios del año 1903 Rainer María Rilke, que estaba en París ultimando una monografía sobre Rodin, recibe una carta. En ella, un joven poeta austriaco llamado Franz Xaver Kappus le confiesa su admiración y le expone una disyuntiva vital: seguir su vocación poética o emprender la carrera militar. Junto a la misiva, y a modo de muestra, el joven desconocido le envía unos poemas y le pregunta abiertamente “si son buenos”. Rilke, que en las dudas existenciales de su admirador encuentra ecos de su propia experiencia, pues él mismo fue instruido, en sus primeros años, en una academia militar, responde a esta primera carta con otra en la que plasma con total honestidad sus impresiones. Tenía 27 años. Iniciaba así, con un solo lector, en la intimidad de una correspondencia que se alargaría durante cinco años, la que sería una de sus obras más conocidas y reproducidas, aunque él nunca llegó a tener constancia de esto, pues el joven Kappus publicaría las diez extraordinarias cartas que recibió del genio sólo tras su muerte.

En estos textos Rilke va desgranando su visión del mundo, su experiencia vital e intelectual. Como reacción a las cartas de Kappus, que no leemos pero intuimos cargadas de entusiasmo y ansiedad juveniles, el poeta reflexiona largamente sobre el arte, sobre Dios, sobre el amor, sobre la soledad. Aconseja y anima a su lejano interlocutor, al que va escribiendo desde diferentes ciudades de Europa, a encontrar la respuesta a sus incesantes preguntas en la naturaleza misma de sus inquietudes. Le insta a mirarse dentro, a volverse hacia sí mismo, a lograr la sencillez, la paciencia, el aislamiento, y a dejar, simplemente, que la vida «acontezca». Se alza como maestro, pero también como amigo. Como consejero, pero al mismo tiempo como un igual de carne y hueso al que atosigan similares angustias y preocupaciones. 

Rilke y Kappus nunca se conocieron. Su intercambio epistolar terminó con una última carta fechada en la Navidad de 1908. Kappus había decidido, finalmente, llevar adelante su carrera militar. Fue oficial del ejército imperial austrohúngaro, y aunque siguió escribiendo, lo hizo desde el plano del entretenimiento (su novela El jinete rojo, como apunta Antonio Pau en la biografía ‘Rilke. La belleza y el espanto’—Editorial Trotta— se llevó al cine, siendo la primera película de la historia que incluía escenas en color). Pero de todo eso, es muy probable que Rilke ya no tuviera noticias. La comunicación entre ellos había terminado para siempre.  

Mucho más allá de los caminos particulares que pudiera tomar su propia vida después de haber conectado temporalmente con el escritor, Kappus pasó a la historia por una única cosa: sacar de las sombras y ofrecer al mundo lo que acabaría siendo una de las obras más releídas e influyentes de la literatura universal. 

lunes, 11 de febrero de 2019

La amiga napolitana


«—¿Elena se ha vuelto más mala?
—No, ella no.
—¿Cómo es eso?
Lila le encasquetó a su hijo el gorro de lana.
—De niñas hicimos un pacto: la mala soy yo.»

Unas líneas sobre Lila. Lila la mala, Lila la tóxica, Lila que es tan humana, tan de carne y hueso, que da pavor. Ese personaje que Elena Ferrante nos desmenuza incansablemente en su saga Dos amigas (Lumen, 2011), y que es de un realismo descomunal. Está llena de matices, de sombras, de belleza, y la vemos, la vemos con precisión y claridad. Yo no me canso. No me canso de sus dobleces, de sus debilidades, de su profunda humanidad. Igual que a su amiga Elena Greco, igual que a los muchachos del barrio, me manipula todo el tiempo, me saca de quicio, me da miedo, me fascina.
Ferrante teje personajes maravillosamente verosímiles; pero con ella, con Lila, más que con cualquier otro elemento de su popular obra, ha llevado a cabo una titánica construcción arquitectónica. Una clase maestra sobre la elaboración de un personaje. Es arte puro. La minuciosa narración de toda una vida. La complejidad humana encarnada en esa mujer flaca, ojerosa, brillante y manipuladora por la que todos sienten —sentimos— una atracción inevitable. Incluso en las largas épocas en las que las dos amigas se distancian, y la narración no nos facilita datos sobre las circunstancias de su vida, Lila sigue ahí, impregnando los días, los pensamientos y las acciones de la pobre Elena Greco, esa dulce y eterna secundaria de su propia vida y de la novela, que se dedica a describir sin descanso, dolorosamente, su dependencia y su incapacidad para resistirse al influjo de su amiga napolitana.
Si bien para todos los demás es Lina, para Lenù y para todos los que hemos leído la historia de estas Dos amigas, siempre será Lila, Lila Cerullo o Lila Carracci. Siempre será la niña oscura que aprende a leer sola, la joven que representa por sí misma toda la violencia irrespirable de las calles del barrio, la mujer compleja e insegura que decide que «para salvarse, debía someter a quien quería someterla, debía meter miedo a quien quería meterle miedo
Tremenda; e inolvidable.

Morir suavemente


Ahora y en la hora de nuestra muerte es una pequeña rareza editada este año por Libros del K.O.; un breve cuaderno de apuntes sobre la nostalgia, sobre el miedo, sobre el amor: «Y después, el amor, gran superviviente del desastre». 
El desastre de la pérdida o el caos silencioso y brutal de la muerte.  
Susana Moreira Marques (Oporto, 1976) viajó en 2011 por los pueblos y aldeas del norte de Portugal acompañando a una unidad de cuidados paliativos que visita a enfermos terminales en sus casas. Recogió sus impresiones, sus dolores, sus silencios, sus recuerdos, sus paisajes, sus días ganados uno a uno, sus deprimentes noches, sus milagrosos amaneceres. Y de aquellos encuentros íntimos y sosegados sacó Moreira los hilos para ir tejiendo este cuaderno lírico, unos apuntes esquemáticos y luminosos sobre la belleza que sigue latiendo aun en la tristeza y el dolor más crudos.
No ha querido la periodista ahorrarnos nada, sin embargo, en su narración del deterioro, ni endulzar la realidad de las tragedias cotidianas, no nos obvia ni los cables, ni las bolsas de orina, ni los desvaríos últimos, ni los olores, ni la voracidad de la metástasis, ni las lágrimas; pero hay algo en la delicadeza de su escritura, en la sencillez de los testimonios recogidos en sus páginas que nos acoge y reconforta a pesar de ponernos delante del gran tema tabú de nuestro tiempo.
Dividido en dos partes, el libro desgrana en la primera de ellas virutas de pensamiento, anotaciones libres, muchas de ellas apenas esbozadas, otras certeras y punzantes como dardos. De fondo, en las carreteras, en los caminos, en las cruces, en el cielo, en la tierra, imágenes de un Portugal rural, lento e inmenso. Después, en una segunda parte, la escritora le pasa el testigo a los propios enfermos y a sus familias, transcribiendo literalmente fragmentos de sus largos testimonios: reflexiones a media voz en la penumbra de un salón, recuerdos al atardecer en un porche, el temblor que sobreviene al velar al moribundo a los pies de una cama. 
«El águila vuela en círculo, alta sobre los riscos del río. Nosotros, pequeños, junto al agua, los pies en la tierra, somos animales a los que gobierna el miedo». Miedo de no atrevernos a decir lo que nunca dijimos ahora que queda poco tiempo. Del viejo que no sabe qué será de él si su mujer se marcha antes. El de la hija que, perpleja ante la muerte del padre, no comprende lo que está pasando mientras todo se viene abajo. 
Y una reflexión última, honda, que vibra de página a página: «En cualquier caso, vivimos todos en una cuenta atrás y conviene que esa verdad no la olvidemos». Cada uno que medite, asuma o transforme esa verdad en lo que quiera, o sepa. 




Cosas de niños



«La infancia es más poderosa que la ficción.»

En San Cristóbal la bonanza económica se ha extendido como un suave velo, hay un modelo de progreso incipiente, se disfruta y se reconoce un bienestar nuevo. Pero, a los márgenes de esta pequeña población tropical, la selva sigue amenazando con su oscuridad ancestral, el río Eré sigue fluyendo lentamente con el color de la sangre vieja, la superstición y el rito gobiernan el sentir de sus habitantes y el caciquismo provinciano y la falta de imaginación dominan el proceder de sus líderes. Cuando ven a los niños, a los 32 niños que merodean por la ciudad en pequeños grupos, ajenos a la comunidad, sucios, silvestres, vigilantes, los cristobalinos no saben definir ni cómo ni cuándo han llegado, inmersos como están en el sopor caliente y vegetal de sus calles, y durante un tiempo la ciudad convive con su presencia equívoca e intermitente, mirándolos sin verlos.
Pero entonces comienzan los asaltos y la ciudad, hasta ese momento aletargada y lánguida, pega un respingo.
En República luminosa (Anagrama, 2017) hay mucho miedo. El miedo recóndito y subterráneo a aquello que no podemos comprender, a lo que no podemos controlar. Andrés Barba (Madrid, 1975) nos pregunta qué pasaría si de pronto un grupo grande de niños de origen y lengua totalmente desconocidos tomaran las calles de nuestro vecindario y comenzaran a actuar con imprevisible violencia; qué pasaría si con su comportamiento se vinieran abajo estereotipos inamovibles sobre la pureza de la infancia, en una visión renovada del tema que ya explorara la célebre El señor de las moscas de William Golding; qué pasaría si, igual que llegaron desaparecen, pero dejaran continuamente rastros y señales de que siguen muy cerca de nosotros; qué pasaría si nuestros hijos, los niños verdaderos, los inocentes, antagónicos a aquellos otros tan oscuros y tan extraños, comenzaran a sucumbir al influjo del grupo en la distancia y de pronto nos encontráramos desconfiando de ellos, temiendo hallar ese monstruo de rebeldía en nuestras propias casas; qué pasaría si algunos de ellos se escaparan, si comenzaran a desaparecer, arrastrados selva adentro.
Nada bueno, por descontado que no pasaría nada bueno.
Relatados veinte años después por un funcionario de servicios sociales que los vivió en primera persona, y que aporta además abundante documentación que nos da una visión poliédrica, lo sucedido aquellos días de 1995 en esta ciudad de colores planos como pintados por Gauguin es extraordinario y estremecedor. No es de extrañar que la obra se llevara el Premio Herralde de Novela porque no hay forma de dejarla. Es breve, pero rebosante de contenido; está impregnada hasta el tuétano de simbolismo. El mito de la infancia, la violencia, el cinismo y la ineficacia de las instituciones, los límites de la moral, la familia… Barba expone sin pontificar, apunta sin resolver una amplia cantidad de temas; y todo ello con una técnica narrativa envidiable.
Novela muy recomendable.

Rhodes



Leer a James Rhodes. 
Leer Instrumental (Blackie Books, 2014) o la carne vuelta del revés, la fragilidad de la infancia, la vileza más pura, el caos, la Chacona, el amor, los paseos de ida y vuelta por el abismo: es difícil, pero importante. 
Y leer Fugas (Blackie Books, 2017) o las costuras del pensamiento, las llamas por todas partes, los ecos de Rachmaminov como un viento poderoso, la dignidad de tropezar y levantarse tozuda, incansablemente: es duro, pero necesario. 
Hay que leer estas dos obras luminosas. Por su generosidad. Porque son obras del a pesar de todo. Cientos de páginas en las que la luz se revuelve bajo el peso del dolor hasta encontrar la grieta por la que salir. Libros que se empeñan en encontrar la salida, la solución.
Hay que leerlas, aunque cueste, aunque duela. 
Y si no, siempre podemos quedarnos con esta carta de amor:

No estoy enamorado de ti



«Le aterroriza la nostalgia y ahora, en el medio de la calle, espera sus detonaciones.»

Él es escritor, ella es profesora, y el pueblo en el que alquilan la casa para pasar el verano no tiene Internet. Como no tiene, tampoco, más presente que la decrepitud, ni más futuro que el desmoronamiento. Uno de esos abultamientos del terreno, fruto de las manos de los hombres, antiguos hogares en el reverso de la tierra, y que hoy no son más que cáscara, cuatro calles lúgubres, dos plazas desiertas, un fatigado campanario, construcciones en los huesos infestadas de mala hierba. Alberto Olmos (Segovia, 1975) nos traslada allí por carreteras sinuosas, nos deja en medio de un vacío apático y rural que ya solo se afana en su propia ruina y nos enfrenta al flujo interminable de las mentes de sus personajes. A Sebastian y Claudia, alejados del estruendo metropolitano y liberados de la esquizofrenia de la conectividad, solo les queda mirarse el uno al otro y después mirarse dentro, mientras tratan de extraer algo de vida de un huerto, de unos folios en blanco, de los recuerdos que vuelven tozudamente.
Alabanza (Literatura Random House, 2014) es muchas cosas, pero sobre todo es un libro sobre la inseguridad: la del escritor, sometido tan duramente al peso de las opiniones propias y ajenas; la de la identidad, que queda sepultada bajo un sinfín de máscaras; la que habita en el seno de la pareja, que duda sobre su propia honestidad, sobre sus propios sentimientos y su alcance: 
«No estoy enamorado de ti. (…) ¿A cuántas de sus anteriores novias les habría dicho Sebastian que no estaba enamorado de ellas? Claudia arrojó la colilla al suelo y se imaginó haciéndole a Sebastian esa pregunta». 
Una novela que duda, duda muchísimo, que compara infatigablemente contrapuestos: la vida urbana y la vida rural, el presente y el pasado, la madurez y la infancia, la quietud del paisaje y la agitación mental, la buena y la mala literatura. 
Sobre todo esto.
Porque en el contexto de Alabanza la literatura ha desaparecido, murió en 2013. El principio del fin es el Premio Nobel de Bob Dylan, que el autor predice en la novela, ya que ésta se publicó dos años antes de que se le concediera. Con la literatura muerta, ya sólo queda saber qué la ha matado. O quién. Y Olmos se explaya en este punto, nos da su visión autobiográfica y no deja títere con cabeza. La vanidad insustancial de los escritores, los tejemanejes de las editoriales, la crueldad de la crítica, el desprestigio del éxito, la tiranía de la comercialización… Un interesante, aunque amargo repaso al mundillo literario, que entre líneas esconde también un homenaje, una declaración de amor a la propia literatura, a la literatura libre de todo lo que le pesa, libre de los vicios y las bajezas y los servilismos que la lastran.
La literatura que si desaparece, la inventamos. 

Ventajas de este viaje

«—¿Le apetece que le cuente mi vida?»

No, por Dios. Dicho así suena mal, pero si además la propuesta llega durante un trayecto en tren la cosa se pone escabrosa, sobre todo para los que nos ponemos a viajar como quien hace una visita al psicoanalista, todo retrospectivos y melancólicos mirando correr el paisaje al otro lado del cristal. Pero así, con esa pregunta terrible —«¿Le apetece…?»—, comienza Ventajas de viajar en tren (Tusquets Editores, 2000) de Antonio Orejudo (Madrid, 1963), y como esto es, por suerte, literatura y no la vida real, pues yo me quedo. Me quedo aunque sólo sea para comprobar cómo se desarrolla, cómo se sale de un planteamiento semejante —«¿…que le cuente mi vida?»—, de gran sencillez y al mismo tiempo de una anchura inabarcable. Es arriesgado y uno se puede encontrar con cualquier, cualquierísima cosa.
¿Y qué me he encontrado? Pues un fascinante juego de los espejos. Un brillante tratado de la irrealidad. Un muestrario, expuesto con ese fino sentido del humor que deja tras de sí cierto amargor, de delirios, personalidades cambiantes, entelequias. Se podría tomar la enfermedad mental como base de un argumento aparente, pero en realidad lo que tenemos aquí es la función de un prestidigitador que nos deja desconcertados, y contentos, porque además de embaucarnos, nos divierte.
El doctor Sanagustín le cuenta, efectivamente, su vida a Helga Pato en el tren. Y además lo pierde, el tren, al bajarse en una parada para tomar un refresco. En el asiento queda, roja e irresistible, una carpeta con testimonios escritos por los pacientes del hospital psiquiátrico en el que desarrolla un peculiar estudio y en el que la propia Helga acaba de ingresar a su marido. Helga Pato que también tiene una historia y una vida, aunque en el tren permanezca tan silenciosa y seguramente tan aturdida como el lector ante el impresionante despliegue verbal de Ángel Sanagustín.
Ventajas de…, que recibió el XV Premio Andalucía de Novela, es sobre todo un ramillete muy prieto, muy denso, de historias: las del doctor, las de la carpeta, las de Helga, relatos crudos, psicóticos, drásticos, ingeniosos, pavorosos todos, ensamblados unos a otros, y que en su conjunto componen una línea narrativa que se cierra en un círculo perfecto. En su alegre y paranoide discurrir podemos deleitarnos con lo inverosímil, entrever que nada es lo que parece y ser felices al descubrir que ya no distinguimos la realidad de la ilusión, igual que los mismos pacientes del hospital, igual que Helga, «que confundía a los narradores con los autores y a éstos algunas veces con los personajes». Y ahí está, es fantástico, porque ¿no se basa precisamente en ese tipo de desvarío transitorio todo el juego de la literatura?


Una belleza antigua y triste


«No existe el no existir, por eso se puede esperar siempre lo mejor aun cuando parezca no llegar. Mi tiempo está en el tuyo, Ceuzinha, y el tuyo en el de tus hijos, que continuará siendo el mío».

Durante las últimas semanas he ido leyendo Donde quiera que yo esté (La Huerta Grande, 2018), de Romana Petri (Roma, 1965). Lo he hecho de a poquito, sin grandes atracones, paladeándolo. En estos tiempos en los que constantemente vamos picoteando mensajería breve, en los que ante un texto se nos prometen de antemano tiempos de lectura cortos para no abrumarnos y en los que la vigencia de lo leído es como un chispeo, es de agradecer encontrarnos con una obra comolas de siempre, larga, minuciosa, una saga generacional en la que se vuelve a la vieja reflexión sobre la condición humana a través de personajes profundamente elaborados que, conectados entre sí, viven, mueren, sufren y sueñan a lo largo de más de medio millar de páginas.  
Cimentada sobre acontecimientos de la historia reciente de Portugal, la última obra de la escritora italiana profundiza en dos grandes temas: la tenebrosa realidad de un opresivo y violento siglo XX, asombrosamente próximo a nuestros días, y el sufrimiento social, familiar y psicológico de la mujer en aquellos tiempos. Porque Donde quiera que yo esté es, sobre todo, una novela sobre mujeres: fuertes, duras, marcadas por un destino obtuso que no se deja doblegar, y machistas, muy machistas, defensoras de aquella misoginia real y terrible que anteayer lastraba, hundía existencias completas y golpeaba a todos los niveles, y que enmarcó social y culturalmente a muchas generaciones de muchas sociedades hoy avanzadas.
Mediante un lenguaje sereno, aromático, con algunas pinceladas de realismo mágico brillando entre las líneas, y gracias a unos diálogos precisos y naturales, Romana Petri nos pone delante del dolor, de la miseria, de un buen puñado de tragedias anónimas en un país atrasado y peligroso, la desesperanza en la capital de los atardeceres, de los tejados rojos que «bajaban como escalones hacia el Tajo», esa Lisboa como polvorienta y sumida en su sueño eterno de decadencia. En sus calles y sus casas, en infraviviendas bajo el hueco de una escalera, en las fábricas, en los hospitales, sobre camas muy viejas y muy frías echando mano de un Dolviran, o de dos, porque «en la caja pone que va bien para los dolores de huesos y de muelas, que combate la fiebre y ese mal que todos los meses tenemos las mujeres en la tripa. Yo he descubierto que también viene bien para los malos pensamientos, deberían ponerlo»…; allí encontramos las historias de Margarida, de Ofelia, de la maravillosa Maria do Ceu, que llega para revolucionarlo todo, de la melancólica Fernanda, de Maria José… Y todas ellas son pequeños tratados de supervivencia en un mundo —aquel sí— de hombres, vidas en las que la esperanza nunca se apagaba del todo y la resignación era un arte que se dominaba a la fuerza. Humanas, muy humanas, inamovibles en sus creencias, dejándose la salud y la vida por amores idealizados y frustrantes, o atravesadas por el impulso infinito de maternidades imposibles o trágicas, y a veces mezquinas, muchas veces alegres, algunas depresivas, otras enfermas e insignificantes, y en ocasiones grandes, portentosas, valientes, y todas ellas, sin excepción, portadoras de una belleza antigua y triste de la que el lector no va a poder olvidarse fácilmente.

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