lunes, 11 de febrero de 2019

Cosas de niños



«La infancia es más poderosa que la ficción.»

En San Cristóbal la bonanza económica se ha extendido como un suave velo, hay un modelo de progreso incipiente, se disfruta y se reconoce un bienestar nuevo. Pero, a los márgenes de esta pequeña población tropical, la selva sigue amenazando con su oscuridad ancestral, el río Eré sigue fluyendo lentamente con el color de la sangre vieja, la superstición y el rito gobiernan el sentir de sus habitantes y el caciquismo provinciano y la falta de imaginación dominan el proceder de sus líderes. Cuando ven a los niños, a los 32 niños que merodean por la ciudad en pequeños grupos, ajenos a la comunidad, sucios, silvestres, vigilantes, los cristobalinos no saben definir ni cómo ni cuándo han llegado, inmersos como están en el sopor caliente y vegetal de sus calles, y durante un tiempo la ciudad convive con su presencia equívoca e intermitente, mirándolos sin verlos.
Pero entonces comienzan los asaltos y la ciudad, hasta ese momento aletargada y lánguida, pega un respingo.
En República luminosa (Anagrama, 2017) hay mucho miedo. El miedo recóndito y subterráneo a aquello que no podemos comprender, a lo que no podemos controlar. Andrés Barba (Madrid, 1975) nos pregunta qué pasaría si de pronto un grupo grande de niños de origen y lengua totalmente desconocidos tomaran las calles de nuestro vecindario y comenzaran a actuar con imprevisible violencia; qué pasaría si con su comportamiento se vinieran abajo estereotipos inamovibles sobre la pureza de la infancia, en una visión renovada del tema que ya explorara la célebre El señor de las moscas de William Golding; qué pasaría si, igual que llegaron desaparecen, pero dejaran continuamente rastros y señales de que siguen muy cerca de nosotros; qué pasaría si nuestros hijos, los niños verdaderos, los inocentes, antagónicos a aquellos otros tan oscuros y tan extraños, comenzaran a sucumbir al influjo del grupo en la distancia y de pronto nos encontráramos desconfiando de ellos, temiendo hallar ese monstruo de rebeldía en nuestras propias casas; qué pasaría si algunos de ellos se escaparan, si comenzaran a desaparecer, arrastrados selva adentro.
Nada bueno, por descontado que no pasaría nada bueno.
Relatados veinte años después por un funcionario de servicios sociales que los vivió en primera persona, y que aporta además abundante documentación que nos da una visión poliédrica, lo sucedido aquellos días de 1995 en esta ciudad de colores planos como pintados por Gauguin es extraordinario y estremecedor. No es de extrañar que la obra se llevara el Premio Herralde de Novela porque no hay forma de dejarla. Es breve, pero rebosante de contenido; está impregnada hasta el tuétano de simbolismo. El mito de la infancia, la violencia, el cinismo y la ineficacia de las instituciones, los límites de la moral, la familia… Barba expone sin pontificar, apunta sin resolver una amplia cantidad de temas; y todo ello con una técnica narrativa envidiable.
Novela muy recomendable.

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