lunes, 11 de febrero de 2019

La amiga napolitana


«—¿Elena se ha vuelto más mala?
—No, ella no.
—¿Cómo es eso?
Lila le encasquetó a su hijo el gorro de lana.
—De niñas hicimos un pacto: la mala soy yo.»

Unas líneas sobre Lila. Lila la mala, Lila la tóxica, Lila que es tan humana, tan de carne y hueso, que da pavor. Ese personaje que Elena Ferrante nos desmenuza incansablemente en su saga Dos amigas (Lumen, 2011), y que es de un realismo descomunal. Está llena de matices, de sombras, de belleza, y la vemos, la vemos con precisión y claridad. Yo no me canso. No me canso de sus dobleces, de sus debilidades, de su profunda humanidad. Igual que a su amiga Elena Greco, igual que a los muchachos del barrio, me manipula todo el tiempo, me saca de quicio, me da miedo, me fascina.
Ferrante teje personajes maravillosamente verosímiles; pero con ella, con Lila, más que con cualquier otro elemento de su popular obra, ha llevado a cabo una titánica construcción arquitectónica. Una clase maestra sobre la elaboración de un personaje. Es arte puro. La minuciosa narración de toda una vida. La complejidad humana encarnada en esa mujer flaca, ojerosa, brillante y manipuladora por la que todos sienten —sentimos— una atracción inevitable. Incluso en las largas épocas en las que las dos amigas se distancian, y la narración no nos facilita datos sobre las circunstancias de su vida, Lila sigue ahí, impregnando los días, los pensamientos y las acciones de la pobre Elena Greco, esa dulce y eterna secundaria de su propia vida y de la novela, que se dedica a describir sin descanso, dolorosamente, su dependencia y su incapacidad para resistirse al influjo de su amiga napolitana.
Si bien para todos los demás es Lina, para Lenù y para todos los que hemos leído la historia de estas Dos amigas, siempre será Lila, Lila Cerullo o Lila Carracci. Siempre será la niña oscura que aprende a leer sola, la joven que representa por sí misma toda la violencia irrespirable de las calles del barrio, la mujer compleja e insegura que decide que «para salvarse, debía someter a quien quería someterla, debía meter miedo a quien quería meterle miedo
Tremenda; e inolvidable.

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