lunes, 11 de febrero de 2019

No estoy enamorado de ti



«Le aterroriza la nostalgia y ahora, en el medio de la calle, espera sus detonaciones.»

Él es escritor, ella es profesora, y el pueblo en el que alquilan la casa para pasar el verano no tiene Internet. Como no tiene, tampoco, más presente que la decrepitud, ni más futuro que el desmoronamiento. Uno de esos abultamientos del terreno, fruto de las manos de los hombres, antiguos hogares en el reverso de la tierra, y que hoy no son más que cáscara, cuatro calles lúgubres, dos plazas desiertas, un fatigado campanario, construcciones en los huesos infestadas de mala hierba. Alberto Olmos (Segovia, 1975) nos traslada allí por carreteras sinuosas, nos deja en medio de un vacío apático y rural que ya solo se afana en su propia ruina y nos enfrenta al flujo interminable de las mentes de sus personajes. A Sebastian y Claudia, alejados del estruendo metropolitano y liberados de la esquizofrenia de la conectividad, solo les queda mirarse el uno al otro y después mirarse dentro, mientras tratan de extraer algo de vida de un huerto, de unos folios en blanco, de los recuerdos que vuelven tozudamente.
Alabanza (Literatura Random House, 2014) es muchas cosas, pero sobre todo es un libro sobre la inseguridad: la del escritor, sometido tan duramente al peso de las opiniones propias y ajenas; la de la identidad, que queda sepultada bajo un sinfín de máscaras; la que habita en el seno de la pareja, que duda sobre su propia honestidad, sobre sus propios sentimientos y su alcance: 
«No estoy enamorado de ti. (…) ¿A cuántas de sus anteriores novias les habría dicho Sebastian que no estaba enamorado de ellas? Claudia arrojó la colilla al suelo y se imaginó haciéndole a Sebastian esa pregunta». 
Una novela que duda, duda muchísimo, que compara infatigablemente contrapuestos: la vida urbana y la vida rural, el presente y el pasado, la madurez y la infancia, la quietud del paisaje y la agitación mental, la buena y la mala literatura. 
Sobre todo esto.
Porque en el contexto de Alabanza la literatura ha desaparecido, murió en 2013. El principio del fin es el Premio Nobel de Bob Dylan, que el autor predice en la novela, ya que ésta se publicó dos años antes de que se le concediera. Con la literatura muerta, ya sólo queda saber qué la ha matado. O quién. Y Olmos se explaya en este punto, nos da su visión autobiográfica y no deja títere con cabeza. La vanidad insustancial de los escritores, los tejemanejes de las editoriales, la crueldad de la crítica, el desprestigio del éxito, la tiranía de la comercialización… Un interesante, aunque amargo repaso al mundillo literario, que entre líneas esconde también un homenaje, una declaración de amor a la propia literatura, a la literatura libre de todo lo que le pesa, libre de los vicios y las bajezas y los servilismos que la lastran.
La literatura que si desaparece, la inventamos. 

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