lunes, 11 de febrero de 2019

Una belleza antigua y triste


«No existe el no existir, por eso se puede esperar siempre lo mejor aun cuando parezca no llegar. Mi tiempo está en el tuyo, Ceuzinha, y el tuyo en el de tus hijos, que continuará siendo el mío».

Durante las últimas semanas he ido leyendo Donde quiera que yo esté (La Huerta Grande, 2018), de Romana Petri (Roma, 1965). Lo he hecho de a poquito, sin grandes atracones, paladeándolo. En estos tiempos en los que constantemente vamos picoteando mensajería breve, en los que ante un texto se nos prometen de antemano tiempos de lectura cortos para no abrumarnos y en los que la vigencia de lo leído es como un chispeo, es de agradecer encontrarnos con una obra comolas de siempre, larga, minuciosa, una saga generacional en la que se vuelve a la vieja reflexión sobre la condición humana a través de personajes profundamente elaborados que, conectados entre sí, viven, mueren, sufren y sueñan a lo largo de más de medio millar de páginas.  
Cimentada sobre acontecimientos de la historia reciente de Portugal, la última obra de la escritora italiana profundiza en dos grandes temas: la tenebrosa realidad de un opresivo y violento siglo XX, asombrosamente próximo a nuestros días, y el sufrimiento social, familiar y psicológico de la mujer en aquellos tiempos. Porque Donde quiera que yo esté es, sobre todo, una novela sobre mujeres: fuertes, duras, marcadas por un destino obtuso que no se deja doblegar, y machistas, muy machistas, defensoras de aquella misoginia real y terrible que anteayer lastraba, hundía existencias completas y golpeaba a todos los niveles, y que enmarcó social y culturalmente a muchas generaciones de muchas sociedades hoy avanzadas.
Mediante un lenguaje sereno, aromático, con algunas pinceladas de realismo mágico brillando entre las líneas, y gracias a unos diálogos precisos y naturales, Romana Petri nos pone delante del dolor, de la miseria, de un buen puñado de tragedias anónimas en un país atrasado y peligroso, la desesperanza en la capital de los atardeceres, de los tejados rojos que «bajaban como escalones hacia el Tajo», esa Lisboa como polvorienta y sumida en su sueño eterno de decadencia. En sus calles y sus casas, en infraviviendas bajo el hueco de una escalera, en las fábricas, en los hospitales, sobre camas muy viejas y muy frías echando mano de un Dolviran, o de dos, porque «en la caja pone que va bien para los dolores de huesos y de muelas, que combate la fiebre y ese mal que todos los meses tenemos las mujeres en la tripa. Yo he descubierto que también viene bien para los malos pensamientos, deberían ponerlo»…; allí encontramos las historias de Margarida, de Ofelia, de la maravillosa Maria do Ceu, que llega para revolucionarlo todo, de la melancólica Fernanda, de Maria José… Y todas ellas son pequeños tratados de supervivencia en un mundo —aquel sí— de hombres, vidas en las que la esperanza nunca se apagaba del todo y la resignación era un arte que se dominaba a la fuerza. Humanas, muy humanas, inamovibles en sus creencias, dejándose la salud y la vida por amores idealizados y frustrantes, o atravesadas por el impulso infinito de maternidades imposibles o trágicas, y a veces mezquinas, muchas veces alegres, algunas depresivas, otras enfermas e insignificantes, y en ocasiones grandes, portentosas, valientes, y todas ellas, sin excepción, portadoras de una belleza antigua y triste de la que el lector no va a poder olvidarse fácilmente.

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