lunes, 11 de febrero de 2019

Ventajas de este viaje

«—¿Le apetece que le cuente mi vida?»

No, por Dios. Dicho así suena mal, pero si además la propuesta llega durante un trayecto en tren la cosa se pone escabrosa, sobre todo para los que nos ponemos a viajar como quien hace una visita al psicoanalista, todo retrospectivos y melancólicos mirando correr el paisaje al otro lado del cristal. Pero así, con esa pregunta terrible —«¿Le apetece…?»—, comienza Ventajas de viajar en tren (Tusquets Editores, 2000) de Antonio Orejudo (Madrid, 1963), y como esto es, por suerte, literatura y no la vida real, pues yo me quedo. Me quedo aunque sólo sea para comprobar cómo se desarrolla, cómo se sale de un planteamiento semejante —«¿…que le cuente mi vida?»—, de gran sencillez y al mismo tiempo de una anchura inabarcable. Es arriesgado y uno se puede encontrar con cualquier, cualquierísima cosa.
¿Y qué me he encontrado? Pues un fascinante juego de los espejos. Un brillante tratado de la irrealidad. Un muestrario, expuesto con ese fino sentido del humor que deja tras de sí cierto amargor, de delirios, personalidades cambiantes, entelequias. Se podría tomar la enfermedad mental como base de un argumento aparente, pero en realidad lo que tenemos aquí es la función de un prestidigitador que nos deja desconcertados, y contentos, porque además de embaucarnos, nos divierte.
El doctor Sanagustín le cuenta, efectivamente, su vida a Helga Pato en el tren. Y además lo pierde, el tren, al bajarse en una parada para tomar un refresco. En el asiento queda, roja e irresistible, una carpeta con testimonios escritos por los pacientes del hospital psiquiátrico en el que desarrolla un peculiar estudio y en el que la propia Helga acaba de ingresar a su marido. Helga Pato que también tiene una historia y una vida, aunque en el tren permanezca tan silenciosa y seguramente tan aturdida como el lector ante el impresionante despliegue verbal de Ángel Sanagustín.
Ventajas de…, que recibió el XV Premio Andalucía de Novela, es sobre todo un ramillete muy prieto, muy denso, de historias: las del doctor, las de la carpeta, las de Helga, relatos crudos, psicóticos, drásticos, ingeniosos, pavorosos todos, ensamblados unos a otros, y que en su conjunto componen una línea narrativa que se cierra en un círculo perfecto. En su alegre y paranoide discurrir podemos deleitarnos con lo inverosímil, entrever que nada es lo que parece y ser felices al descubrir que ya no distinguimos la realidad de la ilusión, igual que los mismos pacientes del hospital, igual que Helga, «que confundía a los narradores con los autores y a éstos algunas veces con los personajes». Y ahí está, es fantástico, porque ¿no se basa precisamente en ese tipo de desvarío transitorio todo el juego de la literatura?


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